Historia de “La Desbandá”, la mayor tragedia de la Guerra Civil

El Guernica del Sur

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Picasso dijo que su Guernica tendría que haberse llamado Málaga tras conocer los bombardeos que en febrero de 1937 sufrieron quienes huyeron de las tropas rebeldes. Ochenta años después, la mayor matanza de la Guerra Civil española descansa en el olvido de la desmemoria colectiva. 

Ese recuerdo sólo puede recuperarse a partir de testimonios vivos de nuestro pasado, de voces que aún viven y se mantienen lúcidas a pesar del transcurrir de los años. Es el caso de Pilar Granados. Con apenas catorce años, emprendió la huída desde Alhama de Granada ante el miedo de la llegada de las “crueles” tropas nacionales. Inició el camino junto a su hermana pequeña, Ana, por la carretera de la Costa. “Mi madre se quedó. Decía que a ella no la movían de su casa. Nosotros no habíamos hecho nada, éramos niños, pero nos daba miedo porque nos habían dicho que los militares eran muy crueles”. Hoy, con los 95 años cumplidos, rememora la tragedia con la alegría de saber que fue capaz de volver, de reconstruir su vida y de formar una familia.

Pilar Granados en la actualidad
Pilar Granados en la actualidad

La caída de Málaga La Roja

Las malas noticias venían de Málaga, que fue tomada a primeros de febrero de 1937 por una fuerza invasora formada por 10.000 moros, 5.000 requetés y 5.000 italianos. La defensa, asignada al coronel Villalba, fracasó debido a la rivalidad en las propias filas republicanas entre milicianos del PCE y de CNT y al abandono gubernamental. Largo Caballero, presidente de la República fue tajante: “Ni un fusil ni un cartucho para Málaga”.

Tras dos días de lucha entre fuerzas desproporcionadas sólo quedaba huir. La angosta carretera hacia Almería era el único camino posible. Miles de personas de toda la comarca de la costa oriental huyeron hacia la zona que aún se mantenía fiel a la República.

“Salimos por el camino de Málaga, a eso de las seis de la tarde y, a unos cuantos kilómetros, nos encontramos con los que encabezaban la desventurada procesión. Venían primero los más fuertes. Luego el espectáculo se hacía más lastimoso; miles de niños descalzos y cubiertos apenas con harapos”. Estas palabras pertenecen al libro “El crimen de la Carretera de Málaga-Almería”, escrito por Norman Bethune, médico canadiense de Las Brigadas Internacionales que vivió esta marcha.

Norman Bethune. La huella solidaria
Norman Bethune. La huella solidaria

La Carretera del Infierno

Entre 60.000 y 100.000 personas, según estimaciones del historiador Luis Melero, salieron de Málaga la noche del 7 de febrero. En su mayoría eran mujeres y niños. Miles de personas se sumaron a la procesión a su paso por los pueblos granadinos. Pilar Granados y su hermana estaban entre ellos. La carretera por la que huyeron es la actual Nacional 340 que une toda la costa del oriente andaluz. Pocos son los que saben que las sinuosas curvas que hoy provocan mareos fueron en otro tiempo fosas desbordantes de cadáveres.

El agreste paraje por el que discurre la carretera juega a favor de los perseguidores. Al flanco izquierdo se levanta Sierra Nevada, majestuoso escudo de las metralletas nacionales. Desde el aire, la Legión Cóndor alemana, con sus flamantes cazas Messerschmit BF-109-GS, ensayan para el próximo conflicto mundial. Sin embargo, el mayor empuje proviene del borde derecho, del Mar Mediterráneo. Los buques alemanes e italianos tienen la misión de bloquear la llegada de naves republicanas procedentes de Cartagena. Mientras, la tarea asignada a los españoles consiste en impedir la marcha de los refugiados a toda costa. Los barcos Canarias, Baleares Almirante Cervera dirigen su artillería hacia la línea de tierra.

“Nos bombardeaban desde la playa. Un barco al que le llamaban Canarias. Ellos a por lo que iban era por los puentes”, recuerda Pilar Granados lamentando que, aunque ella consiguió llegar a Vélez-Málaga en la desbandá perdió a su familia.

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Motril, sólo una parada en el camino

La caravana avanzaba cada vez más nutrida. Por los montes se pierden los niños. Las familias, dispersas por entre la muchedumbre, se llaman a gritos para mantenerse unidas. Las cunetas se llenan de cadáveres y el río Guadalfeo hace honor a su nombre. Motril, último reducto republicano antes de Almería ya puede vislumbrarse… “Cuando íbamos a entrar a Motril estaba haciendo un potaje con lo que encontraba tirado por el camino, pero salieron corriendo los soldados (republicanos) diciendo que venían los fascistas. Tiré la olla y allá salimos corriendo”, continúa Pilar.

Rosendo Fuentes, otro superviviente, también vislumbra con claridad aquel día: “El día de mi cumpleaños por la mañana, un hidroavión italiano nos bombardeó en el puerto de Motril. Nos tiró por los aires”. Era el 9 de febrero, Motril había caído. Queipo de Llano, general al frente del ejército nacional en la campaña andaluza, evocó en la radio lo ocurrido: “Un parte de nuestra aviación me comunicó que grandes masas huían a todo correr hacia Motril. Para acompañarles en su huída y hacerles correr más aprisa, enviamos a nuestra aviación, que bombardeó incendiando algunos camiones”.

Almería, triste destino

Tras Motril el asedio es implacable. El lastimoso desfile disminuye en cantidad. La gente cae de hambre, acosada por la aviación alemana, bombardeada desde el mar y ametrallada desde los montes.

Había mucha gente tirada. Y teníamos que seguir andando. Vi a una mujer muerta dándole teta al niño y a un viejo echando un cigarro y ahí se quedo, frito. Los dejábamos y nosotros seguíamos en el camino. Después de cinco días y cinco noches caminando por fin llegamos a Almería”, concluye la superviviente granadina como si el cansancio de entonces se hubiese apoderado de su presente.

Fotografías de Norman Bethune
Fotografías de Norman Bethune

“La ciudad estaba atestada de gente refugiada”, descubre Bethune. “Había unas 50.000 personas cuando los aeroplanos italianos y alemanes desataron sobre la población un nutrido bombardeo”. Las bombas incendiarias sobre Almería pusieron fin a esta huída, incómoda para las fuerzas ocupantes.

Algunos refugiados decidieron volver a sus hogares. Otros, como Pilar Granados, continuaron su éxodo más allá de Almería, hasta llegar a Aragón. Recuerda cómo casi le pilla la Batalla del Ebro. Cuando acabó la guerra volvió a Alhama pero por poco tiempo. “En el pueblo había gente muy mala que nos había hecho mucho daño, me quería ir de allí”. Así fue como se casó con un picapedrero forastero con el que se marchó a Vélez de Benaudalla, uno de los pueblos que recorrió años atrás, en su éxodo forzoso. Treinta años después, y con una familia de seis hijas, el destino quiso que reencontrase a su hermana perdida en La Desbandá. Vivía en Málaga y se hacía llamar Pilar en recuerdo a su hermana. Una hija de la Pilar de Granada y un hijo de la de Málaga se enamoraron, se casaron y consumaron la reunificación de una familia rota por la guerra.

Hoy, Pilar relata su historia desde una calma y una memoria sobrecogedora. Hay incluso pequeños momentos de humor y mucha ácida ironía: “Ha pasado mucho tiempo y todos los que nos hicieron daño están bien, bajo tierra”. 

Pilar Granados, mi bisabuela
Pilar Granados, mi bisabuela